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La paternidad de Dios.

La Paternidad de Dios, es uno de los regalos maravilloso que nos da Jesús por su sacrificio en la cruz.  Dijo: “Yo y mi Padre uno somos, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre, y el que me recibe también recibe al Padre.   Es un regalo sencillo, costoso desde el corazón de Dios. Pero desde la perspectiva o naturaleza del hombre caída, es menospreciado, mal entendido, profundo y complejo.  De allí el gran trabajo de amor que hace Dios a través de su Hijo, como también el Espíritu Santo, no descansa en su propósito para convencernos de pecado, de justicia y de juicio.  Por lo que se hace necesario seguir hasta llegar a   experimentar la paternidad de Dios en nuestra creación, en la formación de nuestro carácter espiritual y en nuestra existencia.

“9. Pero tú eres el que me sacó del vientre;
El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.
10. Sobre ti fui echado desde antes de nacer;
Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios”  Salmo 22:9-10.

DIOS ES EL MEJOR PADRE

Tu Padre Celestial no es indiferente hacia tí porque está plenamente interesado en tí.

Cada vez que le has fallado Él te ha estado esperando para que le hables,

para que regreses, porque TE AMA.

PASOS HACIA LA MADUREZ ESPIRITUAL

¿Por qué llamar papá a Dios?

“Comparado con las once veces que Dios es designado como «padre» en los textos del Antiguo Testamento, el testimonio de los evangelios no deja de llamar la atención: Dios es llamado «padre» ciento setenta veces por Jesús y nunca es invocado por otro nombre en sus plegarias. Sobre la base de Mc. 14:36, donde Jesús se dirige a Dios con el término coloquial, expresivo de ternura, Abba, y (Romanos 8,14-17; Gálatas 4,6-7), Abba expresión familiar tierna y cercana, donde Pablo caracteriza la presencia del Espíritu Santo por la exclamación Abba, Joachim Jeremías argumenta que tras, éstas ciento setenta veces que aparece designado Dios como «padre» subyace el hecho que la forma característica de dirigirse Jesús a Dios era precisamente invocándolo como Abba.

Abba era un balbuceo con que los niños pequeños llamaban a sus padres. Lo utilizaban también los adultos para dirigirse a sus padres o como una forma de cortesía y afecto para hablar a los ancianos que no eran sus padres. Abba, por consiguiente, es un término perteneciente al lenguaje cotidiano familiar, un término que implica respeto, intimidad y afecto familiar. ”27

Decir papito a Dios, no es un concepto teológico ni una verdad puntual o casual; Papá o papito Dios es una nueva forma de vivir que involucra toda nuestra existencia dándonos acceso permanente a las ilimitadas fuentes del Reino de los Cielos. Tienes que saber que tu padre celestial es diferente a tu padre terrenal. Tu Padre celestial no te ha rechazado o te ha abandonado, está esperando a que tú llegues a él. Tu Padre Celestial no te deja hacer lo que quieras porque no es fácilmente manipulable.
Tu Padre Celestial no te deja sin crecer, él quiere que lo hagas, espera que madures. Tu Padre celestial no es un bonachón, un bobito o pelele, no es chuchito, ni tampoco es el bacán, no es el amigazo que alcahuetea, puedes acercarte con ternura entendiendo quién es él. Él te disciplina porque te ama. Tu Padre celestial tampoco es un líder democrático que te consulta para tomar decisiones porque sencillamente, él es el dueño de tu vida, el pagó con la sangre de su Hijo, tú le costaste dolor de ver a su Hijo sufrir por ti y le perteneces.
Tu Padre Celestial no es indiferente hacia ti porque está plenamente interesado en ti. Cada vez que le has fallado él te ha estado esperando para que le hables, para que regreses, porque te ama.
¿Y por qué? es que muchos Hijos de Dios no se acercan confiadamente al trono de la gracia, como la invitación que nos hace el Espíritu Santo en la carta a los Hebreos.

“16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia,
para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:16”

Nuestro punto de vista acerca de Dios se vio muy influenciado por el de nuestros padres y por lo que se nos enseñó en los primeros años de nuestra existencia. Muchos hemos incorporado en nuestro ser interior conceptos sobre Dios que nos han legado los maestros en la escuela, los de la escuela dominical y los predicadores. Nuestra percepción de Dios hoy todavía se compone en buena medida de lo que ellos entendían.
Porque es necesario reconocer en nuestras vidas que la aprobación y afirmación de nuestro padre celestial hacia nosotros como sus hijos son ilimitadas.

Ser aceptado por Dios, tal y como eres, es una de las grandes verdades que tienen el poder de cambiar tu vida, infortunadamente has pasado por un sin número de experiencias desde tu infancia hasta el día de hoy que han oscurecido tu percepción de ti mismo, por ello necesitas que Dios te revele aquellas sombras y zonas ocultas que te impiden disfrutar de quién eres. “Como no elegiste ni a tus padres ni a tus tutores, no puedes ser responsable de cómo tú familia influenció tu sentido de identidad. Lo que sí puedes hacer es diferenciar entre la imagen errónea que se te entregó y la que tú mismo has construido acerca de quién eres, de la imagen que Dios ya te ha dado y de lo que él espera que hagas con eso.
Además, necesitas la ayuda de otros para cambiar lo que no puedes ver ni puedes cambiar por si solo(a). Las personas que tienen una escasa apropiación de su valía ante Dios tienen dificultades para relacionarse con los demás, son hombres y mujeres sedientas(os) de aprobación, además son incapaces de brindar atención desinteresada a quienes los rodean, por lo general su identidad depende de los demás, de sus reconocimientos y elogios o de las circunstancias externas que los terminan definiendo. Por ello es imperativo que te preguntes, ¿qué ve Dios en ti? Ve un ser digno de ser amado, te ve valioso(a) y completamente aceptado(a). Ve un ser redimido, justificado, reconciliado y en proceso de santificación, no por tus méritos particulares sino por su gracia, por su don inmerecido.

Nuestra necesidad de aceptación significa que necesitamos que las personas nos acepten con gusto, que nos tengan en buena consideración aun en la discrepancia. Cuando nos aceptamos mutuamente, estamos siguiendo el mandato bíblico expresado en Romanos 15:7: Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los acepto a ustedes para la gloria de Dios. La aceptación afirma: Aunque no cambies en lo más mínimo, de todos modos, te amaré, así como eres.” Por ser una necesidad con la que Dios nos creó, estamos deseosos que nos acepten en gran parte de las etapas de nuestra vida, por ello es que muchas de nuestras conductas autodestructivas y tóxicas no se deben “a la tentación que ejercen los actos en sí” sino al deseo íntimo de ser aceptados por los demás. Lo que queremos que nuestros amigos piensen de nosotros es una motivación muy fuerte en cada uno.

Lo primero que debes hacer para cambiar una percepción errónea de ti mismo(a) es establecer una relación personal, amorosa y dinámica con Dios mediante su Hijo Jesucristo; en la misma medida en que profundices tu relación mediante la intimidad con Cristo crecerá tu convicción que eres aceptado y amado por él, ya que, aunque no ganamos nuestra identidad como hijos de Dios por esfuerzo propio, sí debemos apropiarnos de la verdad que ya somos sus hijos amados. “Tu relación personal con Dios es la puerta de entrada para comprender tu verdadera identidad. La relación con Dios el Padre fortalece tu sentido de aceptación y te enseña que el amor de Dios es incondicional. Porque la relación con Jesucristo el Hijo desarrolla tu sentido de valoración y te enseña que Dios te valora. La relación con el Espíritu Santo fortalece tu sentido de idoneidad y te enseña que eres útil para Dios. Como fruto de estas hermosas verdades vives la Paternidad de Dios en tí.

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